El grave problema de la falta de estrés – Hipoestrés

Nos centramos actualmente en la cantidad de estrés negativo, o distrés, que acumula la sociedad, pero el lado opuesto también existe. El estrés no es más que una respuesta de nuestro organismo que nos alerta, e intensifica, entre otros, la velocidad y capacidad de reacción ante el posible problema que se nos presenta. Lo que comúnmente denominamos estrés (con las características tóxicas que conocemos) es lo que en psicología llamamos “distrés”. Y, aunque sea en nuestra sociedad alimento de cada día, lo cierto es que la falta, y no únicamente el exceso, puede suponer un grave conflicto emocional.

El hipoestrés se caracteriza por una ausencia o escasez de energía, un aumento de la apatía, una falta de inspiración, creatividad, … Un desgaste en nuestro motor vital.

Lo que nos proporciona este aliento indispensable para sentirnos vivos es el llamado “eustrés”, y las personas que padecen este decremento pierden el entusiasmo, las ganas de hacer y deshacer, de aventurarse en la sociedad haciendo algo más que respirar, comer y dormir.

Ante este defecto es habitual un descenso paulatino en el autoconcepto, y no es raro que aparezcan trastornos asociados a un nivel importante de hipoestrés: anhedonia, depresión, adicciones… Es importante detectar esta apatía a tiempo, esa falta de energía que desemboca en frases como “no me apetece hacer nada”, “no tengo ganas de nada”. Esto es algo que resulta normal a pequeñas dosis, es decir, todos “tenemos nuestros días”.

El problema real sobreviene cuando pasa a ser una reacción cada vez más cotidiana. Es complicado sacar las armas cuando la pereza de desenvainarlas es tan intensa, pero la única solución es sacarla y salir a la batalla, aunque cueste lo inimaginable. Si esta sensación se apodera de nuestro día a día, debemos ponerle freno antes de comenzar a pensar que no valemos como personas, o que lo que hacemos ya no tiene sentido.

Extraer de la vida todo lo que podamos y devolverle nuestro esfuerzo resulta el ejercicio más sano que podamos imaginar. Algo de ejercicio físico, actualizar nuestras metas – o ponernos nuevas –, mirarnos en el espejo y plantearnos un cambio creativo, sentarnos ante el PC y decidir que el bloqueo del escritor ha pasado, pasear y disfrutar del día; en definitiva, obligarnos a vivir cuando nuestro cuerpo parece desistir, recordando que nuestra mente, con un poco de voluntad, es más poderosa que cualquier reacción negativa que podamos estar experimentando.

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